El ex mediocampista colombiano, que tocó el cielo con las manos al ganar la Copa Libertadores 2004, cumple hoy una condena en Estados Unidos por narcotráfico. Una historia de contrastes donde los flashes de la victoria fueron reemplazados por los barrotes de una celda.

Jhon Eduis Viáfara Mina es el protagonista de uno de los capítulos más agridulces del fútbol sudamericano. Su nombre quedó grabado a fuego en la historia de la Copa Libertadores cuando, en 2004, lideró al humilde Once Caldas hacia una hazaña irrepetible. Aquella noche en Manizales, el elenco colombiano derrotó al poderoso Boca Juniors de Carlos Bianchi, cortando una hegemonía que parecía inquebrantable.

Su rendimiento físico y su despliegue en el círculo central lo convirtieron rápidamente en uno de los mejores volantes del continente. Este éxito le permitió vestir las camisetas de gigantes de su país como América de Cali y Deportivo Cali, además de consolidarse en la Selección de Colombia. Su potencia y llegada al gol despertaron el interés del Viejo Continente, logrando un desembarco de jerarquía en la Real Sociedad de España.


Sin embargo, mientras su figura crecía en las canchas, una sombra empezaba a proyectarse sobre su vida fuera de ellas. La trayectoria que prometía un retiro como leyenda se interrumpió de manera abrupta por decisiones que nada tenían que ver con el deporte. Viáfara pasó de ser un referente para los jóvenes a convertirse en el rostro de una causa judicial que sacudió al mundo del fútbol.

En 2020, la justicia de los Estados Unidos dictó una sentencia definitiva que sepultó cualquier esperanza de retorno al ambiente deportivo. El ex futbolista fue condenado por su participación activa en una red de narcotráfico que enviaba cargamentos de cocaína hacia el norte del continente. La logística incluía el uso de lanchas rápidas y aeronaves, una estructura criminal que el mediocampista ayudaba a coordinar.

“El caso sepultó su figura pública y lo sacó definitivamente del radar deportivo, opacando todo lo que había construido como futbolista profesional”, señalaron los informes judiciales de aquel entonces.


Hoy, en este 2026, el recuerdo de aquel zapatazo ante Boca convive con la triste realidad de su presente en una prisión federal. La caída de Viáfara sirve como un recordatorio brutal sobre cómo la mala gestión de la fama y el dinero puede destruir el legado más brillante. Para los hinchas de Once Caldas, queda el sabor amargo de saber que su gran héroe cambió los botines por el uniforme penitenciario.

La historia de Viáfara es, en última instancia, la de un hombre que no supo manejar el abismo que a veces se abre al terminar la carrera profesional. Mientras su medalla de campeón sigue brillando en las vitrinas de Manizales, él sigue cumpliendo su deuda con la sociedad lejos de los estadios que alguna vez lo ovacionaron de pie.