La muerte de un residente desató una investigación por el presunto desvío de insumos médicos de alta complejidad. El fiscal Lucio Herrera imputó a Hernán Boveri y a la residente Delfina Lanusse en medio de versiones de un encubrimiento masivo.
El mundo de la medicina porteña está en llamas. Un audio que corre como reguero de pólvora por los grupos de WhatsApp destapó lo que parece ser un guion de terror: médicos y residentes consumiendo drogas pesadas y robando anestésicos de hospitales de élite como el Italiano y el Rivadavia.
La punta del iceberg fue la muerte de un anestesiólogo por una presunta sobredosis. A partir de ahí, la grabación viral señala a “Fini” Lanusse y a “Tati”, dos residentes que habrían pasado del consumo recreativo de “tusi” en fiestas electrónicas al robo sistemático de propofol y fentanilo para uso personal y distribución clandestina.
Lo más escalofriante del relato son las llamadas “fiestas del propofol”. Según el audio, profesionales de la salud se inyectaban anestésicos en encuentros privados utilizando bombas de infusión robadas. Incluso se menciona que siempre había alguien encargado de “ambucearlos” (reanimarlos manualmente) cuando la droga les provocaba la apnea típica de la anestesia profunda.
La justicia ya tomó cartas en el asunto bajo la mirada del fiscal Lucio Herrera. Actualmente, Hernán Boveri y Delfina Lanusse enfrentan imputaciones por el presunto robo de fármacos y materiales médicos. Mientras tanto, el entramado se vuelve más oscuro con denuncias cruzadas por abuso sexual entre los implicados y una ola de pedidos de licencias psiquiátricas.
Pero el escándalo no termina en los pasillos de los hospitales. El audio denuncia un pacto de silencio por parte de la Sociedad de Anestesia y maniobras para tapar la muerte del residente involucrado. Entre posteos de redes sociales que desaparecen misteriosamente y sospechas sobre la transparencia de los controles de antidoping, el caso pone en jaque la ética de toda la profesión.